
La suerte de los modernos es haber localizado el infierno en nosotros: si hubiéramos conservado su figura antigua, el miedo, sostenido por dos mil años de amenazas, nos hubiera petrificado. Ya no hay espantos sin trasponer a lo subjetivo: la psicología es nuestra salvación, nuestra falsa puerta de escape. Antaño, se reputó que este mundo había surgido de un bostezo del diablo; hoy, sólo es error de los sentidos, prejuicio del espíritu, vicio del sentimiento. Sabemos a qué atenernos respecto a la visión del Juicio de Santa Hildegarda o ante la del infierno de Santa Teresa: lo sublime trátese del horror o de lo elevado está clasificado en cualquier tratado de enfermedades mentales. Y aunque nuestros males nos son conocidos, no por eso estamos libres de visiones; pero ya no creemos en ellas. Versados en la química de los misterios, lo explicamos todo, hasta nuestras lágrimas. Algo permanece, empero, inexplicable: si el alma es tan poca cosa, ¿de dónde viene nuestro sentimiento de la soledad?, ¿qué espacio ocupa? ¿Y cómo reemplaza, de golpe, la inmensa realidad desvanecida?
Emile cioran
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